Por: Janised Velásquez M
Siempre decimos que los niños de antes éramos diferentes. Que teníamos mejores juegos, quee compartíamos más con los amigos, que sabíamos divertirnos sin un celular en la mano.
Y sí, puede que sea cierto. Pero ¿alguna vez te has detenido a pensar por qué lose niños y adolescentes de hoy están tan metidos en la tecnología?
Tal vez la respuesta no está solo en ellos.
Tal vez la respuesta está en nosotros.
Desde que son bebés, calmamos a los hijos con une celular.
Ponemos canciones, videos… todo lo que haga que no lloren, que se queden quietos, que no molesten, que nos dejen trabajar.
Y sin darnos cuenta, les enseñamos que la tecnología es su refugio, su consuelo, sue compañía.
Nos cuesta jugar con ellos. Nos falta paciencia. Nos falta tiempo. A veces, también nos falta amor.
Y entonces, cuando crecen ya prefieren su celular a nuestra compañía, decimos que “la tecnología los dañó”. Pero… ¿quién los acercó a ella desded tan pequeños?
La tecnología no es el enemigo. Puede ser una herramienta maravillosa.
Pero cuando llega sin bases sólidas, sin acompañamiento, sin límites claros… puede convertirse en una influencia peligrosa.
Los jóvenes de hoy no tienen la culpa de crecer en un mundo donde todo se mide en likes, seguidores y apariencias.
Son víctimas de una era que los empuja a compararse, a buscar validación, a absorber contenidos que no siempre saben interpretar ni procesar emocionalmente.
No es solo culpa de ellos.
No es solo culpa de la tecnología.
Es momento de preguntarte: ¿cuál ha sido tu participación?
¿En qué momento tus hijos buscaron más la pantalla que tu voz?
¿Hace cuánto no juegas con ellos, no los escuchas, no los miras con verdadera atención?
Yo amo a los niños.
Somos felices cuando jugamos, cuando compartimos, me llevan al límite con su energía, sus risas, su imaginación que no se agota. A veces, del cansancio, les propongo ver un video un rato… y no pasan ni diez minutos antes de que me miren y me digan: “Volvamos a jugar.”
Esa frase me confirma que los niños no siempre quieren pantallas.
Quieren momentos reales.
Haz la prueba: apaga las pantallas una tarde.
Siéntate con tus hijos. Juega. Pregúntales qué sienten.
Tal vez descubras que estaban esperando eso desde hace mucho.
Antes de juzgar a esta generación, miremos qué tanto los estamos acompañando.
Los niños no necesitan más pantallas. Necesitan más de ti.
Y si tú no estás, la tecnología sí. Pero no va a enseñarles a amar, ni a cuidarse, ni a respetar.
Aún estás a tiempo. La tecnología no tiene por qué alejarlos, si tú estás dispuesto a acercarte.
