Por: Luis Alfonso Orozco Díaz
Quibdó, las entrañas históricas de los últimos 20 años. Es el lapso histórico que falta por escribirse. El desangre de una sociedad desvertebrada y sin visiones para afrontar las distintas guerras que hoy anidan en sus calles. Cada barrio repite la historia de muertes como ocurrió en Medellín y Cali. Esos muertos y sus barrios son tantos que ya ni los cuentan sus historias cotidianas.
La oralidad quedó muda, las generaciones quietas. Los historiadores de la ciudad escriben de años idos. Los muertos de estas guerras no tienen historiadores que escriban, la oralidad cuenta una muerte pero aparecen tantas que la desgracia se volvió paisaje.
Allá en Medellín, la academia, los barrios, las entidades hicieron catarsis por medio de textos, foros de ciudad, convivencias . Se inventaron los violentologos, expertos en cacarear sobre la guerra y sus soluciones. Pero Quibdó, esta Quibdó que duele, esta Quibdó que suda de manera ingenua esperando hálitos de vida para seguir arañando aplazamientos que no resuelven nada.
La gente se mueve en el centro, en las calles de las comunas y ven a su vecino como el enemigo potencial. Ya nadie cuida la morada, la cuna que es la ciudad. Muchos se quedan en el consuelo rezandero, muchos tienen que respetar a los que no tienen ley.
El Quibdó de los filósofos, de los del buen ejemplo ciudadano a seguir ya no cuentan. Quibdó dejó entrar él tengo luego existo y mató su mano cambiada.
Pero los milagros no existen para muchos. El escepticismo social se pega de politiqueros y de un sector que logró estudiar y se pasean de entidad en entidad, de administración en administración enarbolando títulos rancios pero que le dan poder para escalar en el reconocimiento como nuevo rico. Duele, pero es la
Ciudad que por muchos años era cuna de paz, buen vivir y amaño para ser buen vecino y buen criado.
Atentamente: Luis Alfonso

