La Defensoría del Pueblo de Colombia realiza reconocimiento a la Abogada y Defensora de Derechos Humanos Marisela Mena Valencia oriunda de San Isidro – Río Quito, resaltando su historia de vida como inspiradora, destacando su rol en la defensa de los derechos humanos, en donde contribuye a la transformación de la realidad y justicia social.
Al verla entrar con su diploma de abogada, algunos la recordaron como la pequeña niña que corría por las calles arenosas de la comunidad de San Isidro, municipio de Río Quito (Chocó), y salía y llegaba de paseo por ríos y quebradas con sus amigos mientras reían juguetones o pasando por los salones de la escuela Antonio Anglés, en donde se graduó de primaria a los diez años.




El 15 de abril de 2011, agradecida con su familia, sus amigos, sus ancestros y todos los que desearon que saliera adelante, Marisela Mena Valencia celebró su triunfo personal: ser la primera mujer abogada que había dado ese pueblo, fundado en 1801 y que solo hasta el 25 de abril de 1999 se convirtió en un municipio chocoano. Como si hubiera sido un diploma para todas y todos los habitantes, muchos se acercaron a felicitarla y a brindarle abrazos, sonrisas y cantos, tal cual se acostumbra a exaltar la alegría en el Pacífico colombiano.
Hasta el río en el que tantas veces nadó, recorrió en chalupa al irse a Quibdó —a estudiar el bachillerato en el colegio Antonio María Claret y el pregrado en la Universidad Tecnológica del Chocó ‘Diego Luis Córdoba’—, y ahora la traía de regreso, era testigo ejemplar del orgullo comunitario. Ella lo entendía desde ese tiempo y por eso quería retornarle algo a su pueblo sufrido y muchas veces agobiado por los problemas estructurales y la violencia.
Sus primeras acciones fueron para ayudar a las personas. “Me piden consejos: tengo tal problema, ¿qué puedo hacer? Tengo un trámite, ¿cómo se hace? Y yo los guío para que adelanten esos temas legales. Algunos en el pueblo me dicen que soy un ejemplo para ellos y hasta para sus hijos, por eso el tema es devolverle el conocimiento a la comunidad, y los ayudo cuando llaman y yo los voy a orientar con asesorías y consultorías… Algo muy positivo es poderlos ayudar”, dice Marisela.
Pero ese logro no fue fácil. Su padre, Cristóbal Mena Córdoba, ahora de 71 años, acostumbrado a las labores agrícolas y al campo, y su mamá, María Nubia Valencia Rivas, de 64 años, conocida por trabajar en una tienda del pueblo, se esforzaron por sacar adelante a sus cinco hijas, a darles estudio, porque siempre entendieron que es lo más importante que se les deja a los hijos. Y su quinto retoño sería la que cumpliría un sueño frustrado del papá: ser abogado
«Proyecto de identidad cultural: Con el rostro y la voz tranquilos, los de un padre que también cumple satisfecho una responsabilidad, don Cristóbal, el hombre que desde hace años se dedica a los cultivos, la producción en frutales, a emprender con una finca para el turismo y a trabajar con alevinos, cerdos y vacas, se lo confesó el día del grado. “Hija, has logrado lo que no pude ser, has cumplido ese sueño de ser abogada. Ahora, procura ser una excelente abogada, ser honesta y servirle con amor a la sociedad”, le dijo el líder social que a punta de préstamos y cultivos de borojó pudo pagarle el primer semestre de universidad.
Con su esposa no se rindieron a pesar de que, en el 2002, fueron víctimas del desplazamiento forzado por grupos armados ilegales que se llevaron todo lo de la tienda y de la finca donde tenían animales y cultivos. “En esta fecha, mientras cursaba séptimo de bachillerato, vivía en Quibdó con mi tío José Guido Mena y mi abuelita Francisca Córdoba Mendoza (falleció en 2002)”.
Luego ella misma, aun siendo una menor de edad de 17 años, se buscó créditos y ayudas que llegaron con el Icetex, a cambio de hacer un trabajo de investigación y retribución para comunidades afro. “Vivía con sus hermanas mayores luego del desplazamiento de mis padres, y el segundo semestre lo pude pagar por media beca de la Alcaldía de Río Quito, manteniendo un promedio sobre 4.0. Para el tercer semestre, el Icetex abrió convocatorias de créditos educativos para comunidades negras y población vulnerable y me inscribí. Trabajé un proyecto de identidad cultural y derechos étnicos. Fue una época bonita y en la que también me ayudaron mis hermanas”.
Su propuesta consistía en desarrollar un proyecto comunitario para el rescate de las prácticas tradicionales e identidad cultural. “Lo trabajaba con sabedores y personas mayores, y con liderazgos emergentes, niños o adolescentes que estaban en bachillerato, de la comunidad o la escuela, para que entendieran la tradición oral y las prácticas. El objetivo era reforzar el arraigo comunitario y crecer en un entorno de comunidad, de saber que, si mi papá salía al campo, había una protección comunitaria y que, así no tengamos un vínculo sanguíneo, existía un rol de cuidado para todos. La idea es que, como muchos jóvenes tienden a salir a la ciudad, no olvidaran las prácticas culturales y tradiciones ancestrales para la conservación de la identidad”, explica Marisela.
Desde cuando se graduó de primaria, a los diez años, recuerda que le gustaban los temas sociales, políticos o de la justicia. Y más por la influencia de un tío y padrino, Milton Mena Córdoba, quien fue el primer abogado de la familia. Desde esa época, las materias o áreas relacionadas con sociales, derecho o democracia fueron en las que más se destacó, incluso en sus posgrados o en España, donde cursó un máster en Gobernanza y Derechos Humanos en la Universidad Autónoma de Madrid, España, que le permitió ir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos como visitante profesional.»
